lunes, 19 de julio de 2010

Lo que vendrá

-Tú eres Juan Mariñas, ¿verdad? -lo preguntó con voz baja, mirando a derecha y a izquierda. Luego sus ojos se fijaron en los míos. Era un hombre mayor, delgado y más alto que yo, con la barba mal afeitada. Llevaba traje gris, camisa blanca de cuello gastado y una corbata vieja, y negra. Se había acercado por detrás, hasta caminar a mi lado durante unos segundos. Cuando me detuve a esperar que el semáforo se pusiese en verde para los peatones oí su voz; era suave, cálida-. Juan Mariñas, el mensajero de las letras.
-Sí, sí, soy yo.
-¿Qué tal?
-Pues bien, por aquí, un poco apurado, trabajando -y mi vista se dirigió resignada a la carpeta y a los sobres que cargaba-. Los lunes son un día complicado.
-¿Puedo hablar contigo de algo... muy serio?
-Pues...
-Vamos -dijo.
-¿Qué?
-El semáforo: está en verde.
-Ah. Sí. Pues no sé cuando podría...
-Puede ser ahora, mientras cminamos. Así no será sospechoso.
-¿Sospechoso?
-Sí, verás... lo que te voy a contar parece una cosa de locos pero... ¿tú crees en esa gente que tiene visiones, no?
-Hombre, depende... depende de qué gente lo diga, depende también un poco lo que cuenten.
-Tú eres un mensajero, Juan.
-No, ya, eso ya lo sé. A veces incluso hay personas que se creen que soy un mensajero que me puedo dividir en tres y hacer varias gestiones a la vez.
-Tú eres un mensajero... y un elegido.
-¿Un elegido? -se lo pregunté a punto de inventarme una disculpa y largarme de su lado-. Ya, claro. Mire, perdone que...
-Escúchame -dijo y se detuvo agarrándome del brazo y frenando mi paso-. Es algo muy serio... y va a pasar... lo han visto varias personas... y otras tienen información que corraboran que hay posibilidades de que eso ocurra.
-¿Eso? ¿Qué es "eso"?
-Un tsunami -dijo y me soltó el brazo para que pudiera caminar de nuevo-. Primero habrá un terremoto... y luego vendrá un tsunami.
-¡¿Aquí?! ¿A Coruña? ¡Está usted...
-Escúchame un momento, unos minutos, sólo serán cinco minutos, de verdad.
-Vamos a ver, señor, usted, sabe lo que está diciendo. Para empezar yo ni siquiera sé quién es, me para por la calle, me pregunta si soy Juan Mariñas y al poco rato me cuenta que un tsunami va a venir a Coruña.
-Sí, tocará toda la costa, pero aquí será terrible. Mire donde estamos ahora.
-Sí -le dije viendo el instituto Eusebio Laguarda, la guardería de al lado, el edificio de Hacienda, la esquina del hotel Riazor-. ¿Y qué? ¿Qué me quiere decir?
-La segunda ola lo barrerá todo.
-¿La segunda?
-¿Y la primera qué? ¿Usted ha visto alguna vez un tsunami, señor?
Entonces pareció alterarse, dio a la cabeza y dijo frases que no entendí; se sentó en un banco de la plaza Pontevedra y empezó a llorar. Lo hacía con discreción, llevándose las manos a la cara de vez en cuando. Tuve que sentarme a su lado. Sentí un apena tremenda y me sentí culpable.
-He estado en varios... -afirmó con el gesto desencajado-; y he visto terremotos y lo que la gente hace por sobrevivir... he visto lo peor y lo mejor del ser humano. Lo he visto. ¿lo entiendes? Yo, con mis ojos.
-¡Joder! ¿Pero qué coño pinto yo en esto? A ver. yo aquí no...
-Te lo dije antes: eres un elegido.
-¡Qué elegido ni que ostias! Yo no quiero ser un elegido, joder. Yo quiero ser una persona normal. Yo no quiero saber lo que va a venir ni lo que va a pasar, ¿no lo comprende, hombre? -apoyé la carpeta y los sobres a un lado y resoplé con mis manos ocultando de mi cara. No quería verlo-. Usted no está bien de la cabeza, se lo digo en serio, señor, usted... -y cuando iba a decirle que por favor me dejase seguir con mi trabajo comprobé que no había nadie junto a mí; sólo una mujer y una niña pequeña se acercaron y me preguntaron si podían sentarse allí "un ratito".
-Sí, claro, por supuesto -le dije-. Estaba descansando, hoy hace un bochorno tremendo.
-Gracias -dijo la madre y le habló a la niña: ¿Y cómo era eso que soñaste esta noche, mi vida?
-Pues había un terremoto muy fueeerte, muy fuerte, muy fuerte -le dijo moviendo sus manos- y todo se movía y luego venían unas olas grandes, muy grandes -y abrió los brazos todo lo que pudo- y esas olas llenaban todo esto de agua, mamá, y la gente corría y otros nadaban.
Y la chica me miró, hizo un gesto y sonrió:
-Esta hija mía sueña con cada cosa.

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